Cómic y Novela Gráfica/Reseñas

La salvación arriba a las costas de Libertad :: “Winnipeg” de L. Martel y A. Santaolaya


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¡Qué pícaro es el destino! Resulta que ese poeta alegre que escribe a partir del gozo que siente por vivir, que tiene ese cariz de anacoreta coleccionando conchas de mar y multitud de arte y recuerdos en una casa marina –que es faro de la experiencia–, es también, el eslabón que devuelve sentido al problema del refugiado de guerra y su conflicto personal. En la actualidad, esos millones de personas que estamos viendo por televisión tienen un carnet de Siria, donde sucede una terrible guerra que perdura desde hace más de cuatro años. Pero antes habían sido españoles. A principios del siglo XX, muchos ciudadanos de toda España, especialmente de los territorios republicanos, huyeron igual de sus casas porque si no serían liquidados, una vez la guerra la había ganado el frente enemigo. Neruda encabezó un proyecto humanitario que demostraba a políticos y dirigentes que frente a la vida humana, todo es posible.

1939 es un año en el que vivía gente como Pablo Neruda. En el 2015 sólo espero que esa idea despierte en las mentes de todos los que podrían hacer algo, pero que no lo hacen. Mi deseo viene alentado tras la lectura de “Winnipeg: el barco de Neruda”. Un libro en el que colaboran Laura Martel y Antonia Santolaya y que edita un pequeño grupo de autores e ilustradores bajo el nombre de Hotel de Papel Ediciones, ubicados en la capital.  Este cómic documental trata sobre las hazañas que se sucedieron por aquel entonces en los puertos de Troumpeloup en Burdeos y el de Valparaíso en Chile, cuando el poeta trataba de que ambos países colaboraran en la salvación de un grupo ingente de españoles indefensos. No eran peligrosos esos españoles, no. Eran personas humildes que dos años antes estaban inmersos en una guerra civil.  El cómic refleja muy bien las situaciones personales que allí se encontraron y cómo consiguieron, por fortuna, subirse a aquel navío. Los protagonistas son un padre y una hija, únicos supervivientes de su familia, que huyendo de España a pie, como unos fugitivos, consiguen llegar a Francia evitando su reclusión en campos de concentración o la separación de ambos. Después una mujer muy amable les habla sobre el Winnipeg y la posibilidad de que consigan un pasaje.

Detalle de WinnipegLa clave más enigmática es cómo el poeta y otros que le acompañaron gestionaron el pasaje de al menos dos mil doscientas personas huyendo de España a Chile, teniendo en cuenta que incluía muchos viajeros clandestinos sobre los que seguramente se hizo la vista gorda. Todos arribaban a Valparaíso como el niño que se ha perdido y que ve por fin un rostro conocido a lo lejos. El lector humanista, por su parte, retoma esa preocupación por los sucesos. Se pregunta “¿cómo puede ser que hoy sea aún peor, que estemos a mucho más que 76 años de distancia de aquellos personajes. A miles de años simbólicos de una demostración semejante?”. Y todo porque los asuntos entre estados aún dependen de más intereses económicos si cabe y porque las demostraciones de poder se suceden sin fin.

Al menos nos queda la lectura de cómics; en los que la representación de la realidad coincide con el desaliento que producen estos asuntos. Santolaya no repasa esos trazos a carboncillo. Es más, los sumerge en un caos de negrura, polvo de lápices, y una nostalgia de papel manchado que casi casi dan ganas de soplar. Y aquí opera un símil precioso: de un soplido retiraríamos la negrura de la guerra, de los caídos y la tristeza. Como el soplido del barco de Neruda cruzando el Atlántico hacia la bella nación de Libertad, que no tiene fronteras, a la que todos quieren acudir, sin barreras, sin idiomas, personas, personas de verdad se abrazan al llegar.

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