Cómic y Novela Gráfica

Un relato de Carla Gimeno, ilustrado por Laia Alsina :: “Correr”


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Algo va jodidamente mal.

Un día mi amiga me contó que sólo iba a correr cuando ya era oscuro. O sea, o bien se levantaba a las cinco y media de la mañana para hacer su hora de ejercicio físico o lo hacía sobre las ocho y pico o nueve de la tarde. Yo no lo entendía, no podía comprender qué era lo que la motivaba tanto como para escoger estos horarios que, sinceramente, yo ni me plantearía (y soy una persona que disfruta del deporte). Por aquél entonces yo no podía intuir que los horarios por los que optaba mi amiga poco tenían que ver con la oscuridad. Lo que ella buscaba era que hubiera poco tráfico, pocos coches con los que cruzarse.

Más que los vehículos, lo que molestaba a mi amiga eran sus conductores. A veces era tan sólo la sombra de un hombre, apenas discernible. Otras veces, rostros enteros, gestos, silbatos, cláxones de coches…

Mi amiga intentaba evitar encontrarse en una situación tan incómoda. Esa situación en la que un hombre (o más) desconocido te chilla lo que él cree que es un cumplido, un piropo. Te silba, pita con el claxon de su coche o simplemente (y a veces es peor) te mira, apartando el pie del acelerador del vehículo, prolongando ese instante perturbador.

Yo, como buena amiga y aspirante a periodismo chatarrero de investigación, decidí vivirlo en carne propia. Sí, fui a correr cuando aún había luz solar. Me salté las normas, le di de comer al gremlin después de medianoche. Y efectivamente, en treinta minutos de footing fui “saludada” por el claxon de dos o tres coches en los que iban sentados completos desconocidos. Fue muy desconcertante. Cada vez que alguien me decía algo o sonaba un silbido o el sonido de un claxon, esperaba encontrarme algún amigo mío o de mis padres, un conocido del barrio, mi vecina o ¡hasta la maldita profesora de matemáticas del instituto! Pero no… me encontraba con caras desconocidas.

Lo que me sobresaltó más no fue descubrir que mi amiga tenía razón. Sino lo que vino después. Le conté a otra amiga el panorama que me había encontrado simplemente haciendo footing por mi pueblo y lo primero que me preguntó fue cómo había ido vestida cuando fui a correr. (Para vuestra información, iba con unas mallas bastante sifilíticas que llevaban meses en el armario y con una camiseta normal y corriente, de esas que te dan en fiestas o en colegios y que al final sólo usas de pijama o para ir al gimnasio. Pero eso es lo de menos) Su comentario me enfureció. Parece que las mujeres buscamos precisamente la atención de estos hombres y vamos por allí provocando, ya sea con unos shorts cortitos o con mallas sifilíticas… todo quedó confirmado cuando también se lo comenté a un compañero del trabajo, que no se sorprendió ni un poco: sí, es que a las mujeres os gustan estos comentarios, muchas los andáis buscando, me dijo.  Sí, machote, ¡a todas nos encanta!

No soy una experta en antropología, pero si una mujer tiene que planificar sus horas de deporte según el horario solar para evitar a ciertos hombres, escoger bien la ropa que se pondrá para no acabar provocándolos sin querer y, en general, perder más de dos segundos de su vida pensando en ello en vez de salir a correr y punto, es que algo va jodidamente mal. 

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