Artículos/Otras Lecturas

Camino a la redención:: El #10 de Mincho Magazine.


Dentro de la lista de cosas que deben hacerse durante el otoño es enfrentarse a lecturas más maduras. El otoño representa la madurez en la iconografía mítica, así que por esta vez he acudido más a la prensa y la actualidad. En concreto he escogido la lectura del nuevo número de Mincho Magazine, el #10. Lo hice sobre todo cuando me enteré que reunía una interesante representación de creadoras en las artes gráficas y que, por tanto, allí podría encontrar temas interesantes para dar una respuesta feminista a la presencia de la mujer en el arte. Después me dije que si hallaba respuestas interesantes referidos a los asuntos de la mujer en las artes gráficas, las incluiría en un breve texto para este blog cultural.

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A modo de índice, entre las principales ideas que extraje del número, está la que auto-denomino la postura más queer de la mujer artista. Una en la que ella, la artista, no quiere usar su género como justificación, es más, desdeña toda información que pone en primer lugar su género. Desde este punto de vista la mujer creadora muere y deja un cadáver feo y desagradable. Algo que le parece absolutamente necesario para dejar atrás conclusiones sobre lo que debe definirse como “femenino”. Véanse en este sentido las declaraciones de María Herreros refiriéndose al papel de ellas, “No es que lo tengamos más difícil a la hora de publicar o que se nos ofrezcan peores condiciones; es que se espera de nosotras que encajemos en un determinado molde” (citas tomadas de la sección “Spanish texts”, que incluye la traducción de todo el número al castellano, p. 95) En otra entrevista, las Flaminguettes (artistas visuales) reconocen con donaire que “No hay gustos culposos” y que “en el proceso creativo hay lugar para todo” Como María Herreros, declaran no crear desde la perspectiva de género y que más allá de ser mujeres ellas creen “en la individualidad, en lo increíble que es la mente humana y lo incontrolable que son los impulsos.” (p. 101)

A raíz de esta primera postura deduje un segundo aspecto de interés. Este es que el “do-it-yourself” (hazlo tú mismo) ha sido, por fin, reemplazado por el “do or die” (hazlo o muere) ya que en este momento la importancia radica en servirse de la fuerza suficiente para desabrocharse el bienestar y convertirse en un suicida del arte, como lo era David Bowie. Tal y como él mismo cantaba en aquella canción, “Eres demasiado mayor para perderlo, demasiado joven para elegirlo, y el reloj espera paciente tu canción. Pasas por delante de una cafetería pero no se tiene hambre cuando se ha vivido demasiado. Oh,  no, no, no, eres un suicida del rock ‘n’ roll”. Así mismo en el relato de Camila Bordamalo –que ilustra Carla Berrocal en azules y violetas– comprendemos que lo mejor es decir, “sí, fui yo. Yo hice aquello” y no tener miedo como esas mosquitas muertas.

En tercer y último lugar, destaco el artículo de Elisa McCausland en el que la autora recupera lo que hicieron en el pasado las mujeres para posicionarse como creadoras notables en el mundo del cómix, cómic alternativo americano. Con el título “I’m Not the Girl You’re Looking For” (“No Soy la Chica que estás buscando”, p. 99), el artículo se ilustra con imágenes exclusivas de cómics y portadas de aquellos años en los que el movimiento conocido como Wimmen’s Comix huía de todo medio de control. Entre estas imágenes aparece una portada del cómic de Trina Robbins de 1970 en la que se utiliza el popular verso de una canción de Bob Dylan para invertir la hegemonía del discurso y convertirlo en estandarte de una proactiva negación de la mujer estereotipada. Dice así, “It Aint Me Babe” (“No soy yo querido”) lo cual, sin duda, inspiró el título de este artículo.

Por lo tanto, si revuelvo entre todas estas conclusiones y aportaciones, aparece ante mí una verdad muy agradable. Esa verdad es que para lo único que hoy sirve recordar el malogrado mundo de lo “femenino”, diferente del “masculino” y sojuzgado por un complejo social soberano, es para ponerle el ceño fruncido y para hacer precisamente lo contrario. Sí, por fin podemos decirlo de la mujer creativa y artista, que esta elige su propio discurso y es afín a una tendencia por desheredar todos los estereotipos que el pasado nos había arrojado encima al pasar. Si es verdad que ya no nos toca recapacitar o negar usos más oscuros del término “femenino” que ya corrigieron otras pioneras antes, acaso lo que hacemos hoy es limpiar los rastros, resolver el anonimato de otras artistas y como hacen las componentes de este número, tratar de redimirnos de tanta estética forzada y de  las listas de principios fatigosos que sobrecargan términos como el de la belleza y lo adecuadamente femenino. ¿Lo hacemos sólo para llevarles la contraria? Sí y no. Sobre todo lo hacemos para sentirnos más libres, pero también –como decía antes– para redimirnos y a nuestros manifiestos a costa de cuestionar cualquier valor ya fundado antes y hasta hace poco anquilosados en la conciencia colectiva. La mancha es fea, el bello púbico es sucio, los calcetines se deben llevar doblados y toda una series de convenciones que son, como poco , ridículas y en su mayor grado imposibilitan que el individuo se encuentre a sí mismo deben  negarse camino a la redención. Si bien no “despechada” –odio ese término– pero sí con una actitud abiertamente vengativa, Claire Milbrath dibuja hombres en ridículas posturas anti-heróicas y altamente naifs que les ponen en un entorno natural dibujado toscamente y con un risible homoerotismo.  Contrariar premisas sobre lo bello, sobre lo adecuado, aquello que tiene un fin o es relevante, ha sido siempre un modo de resistencia típico en el mundo del arte. Se ha repetido hasta la saciedad el caso del orinal de Duchamp y ya en los sesenta el filósofo Roland Barthes enterraba al autor –hombre– como al Dios Prometeo bajo las cenizas de la irrelevancia crítica. Esto sucedía en el ámbito del  mundo académico, pero poco a poco tubo su reflejo en la prensa y la opinión pública, no sin resultar aún chocante a algunos aficionados al arte no dirigir todos sus enigmas al autor de la obra y no a la obra misma.

women_comixSin embargo, a la mujer artista le ocupa algo aún más difícil: deshacer las premisas de género en lo que atañe al juicio del arte y la vida y, a su vez, “desambiguar” el concepto de autora, si bien como ya decía antes, el del autor no se justifica desde esos parámetros tan simplistas. ¿Qué nos lleva entonces a reducir todo lo hecho por la mujer a sólo hecho por ser mujer? Ahora le toca a la mujer artista desheredar tantas apelaciones equívocas y matar entonces a la mujer. Las emociones no pueden seguir mediadas por la idea de género. Los individuos no somos tan permanentemente conscientes de nuestros genitales y de nuestro rol de género, menos aún, desde luego, a la hora crear. Por esto mismo el hecho artístico, ya finito  o acabado debe –para encumbrarse como tal– convertir sus significados en infinitos, y ningún lector inquisitivo o apunte periodístico debería estropear el libre influjo de la obra artística sobre sus espectadores. Si la idea de que tras toda obra de arte está el creador o el artista quedó obsoleta ante aquel manifiesto Barthiano, ahora la mujer creadora y artista, quien tiene que soportar aún el premonitorio juicio de una gran parte de la crítica cultural, debe poder liberarse de ese yugo de cualquiera de los modos que elija. Por eso la reivindicación de su verdadera cuestión, aunque prolongado en el tiempo, está siendo el tema protagonista de los últimos tiempos, avivado sobre todo por las redes sociales y el acuerdo de millones de afectadas.

Todos estos asuntos ya fueron planteados por otras artistas de las que habla el número, como son: Power Paola, pionera historietista, las Guerrilla Girls, Camille Vannier, Rachel L. Hodgson, Sarah Haug o algunos creadores de la animación alternativa.

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Sobre cómo el arte puede apelar más directamente al conocimiento de las nuevos paradigmas sociales esta el obligado acuerdo que este debe mantener con la educación en la construcción de una buena base cultural. La revista destaca, en este sentido, el papel del gremio de ilustradores y autores de historias de literatura infantil donde la incorporación de esas diferencias percibidas entre lo que en realidad somos y lo que la sociedad quiere que seamos es vital. ¿Para qué? Para que en la futura forja de sus personalidades, esos futuros adultos no tengan tantos prejuicios, ni tantas “idas de coco” respecto al rol de uno u otro sexo. Aquí destacan los trabajos de Yasmeen Ismail (“I’m a girl”), Olga de Dios (“Monstruo Rosa”), Gerardo Quintiá y Maurizio  A. C. Quarello (“Tristesa”), las autoras Chrisitine Baldacchino e Isabelle Malenfant (“Morris Micklewhite and the tangerine dress”), Jerome Rullier (“Por cuatro esquinas de nada”), Mar Pavón y Laure Du Faÿ (“It’s not normal”).

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Por lo tanto entiéndase que he querido usar el término “redención” desde un punto de vista menos religioso y más referido a la liberación del artista, dejando a un lado cualquier recuerdo de lo que representa para el determinismo biológico –y únicamente en este sentido– ser mujer.  Abandonemos cada vez mas, ese catálogo gregario que se impone desde que nacemos.

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