Cómic y Novela Gráfica

El arte de mirar: “Voyeurs” de Gabrielle Bell.


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El voyeur espía a los demás cuando no saben que les observa. Se caracteriza por hacerlo con fines eróticos o sexuales porque si los espía ajeno al erotismo, solo para analizar su comportamiento, entonces no se usa el préstamo francés sino que se le llama artista. Como Gabrielle Bell, la artista se caracteriza por desarrollar una habilidad para mirar. O más bien para observar –mis profesores se especializaron en demostrarnos la diferencia–. Igual que entre las acciones de oír y escuchar, mirar es fruto de la casualidad y la capacidad del ser humano, mientras que observar es el resultado de un acto de voluntad. Es entonces cuando la voluntad del artista, véase: actuar observando a otros, eclipsa los actos de esos otros, los saca de su cotidianidad (su repetición) con un único interés: que formen parte de la obra de arte.

Los rastreos de Gabrielle Bell, a partir de su pensamiento y las situaciones donde ella misma se encuentra, componen su obra de arte. Un cómic de escenarios y circunstancias biográficas que no está enteramente preocupado por ser los hechos, sino que desarrolla breves tesis sociales sobre aquello que nos ocurre en el mundo. No intenta responder a esas cuestiones. Simplemente las presenta eclipsadas de la realidad de donde partieron, convertidas en historietas de color y sombras. De hecho, el proceso de creación está muy presente. El diario/cuaderno de Gabrielle es un objeto de transmisión, una puerta entre aquel momento en que recogía los diálogos de los personajes y el de la lectura. Gracias a esta nueva edición de La Cúpula, recuperamos la esencia de esta narradora y filósofa gráfica, autora de “Afortunada” y “Cecil y Jordan en Nueva York”.

Hoy gran parte de nuestra realidad social está en las redes sociales o en nuestros correos y en las esperanzas que depositamos en que algo esté sucediendo allí, aunque esto este reñido con la actividad artística: “Internet para mi es el mundo exterior. Y no quiero que el mundo exterior entre en mi casa. Quiero que mi casa sea algo así como un tarro sellado herméticamente.” De hecho es difícil para la artista conciliar su trabajo –que parece no tener límites– con su vida personal y profesional. Su condena es saber que existe ese cuaderno de apuntes y que este tendrá que contar algo interesante, por mediocre que le parezca a veces su vida. Aunque sus parejas sentimentales no siempre funcionen (Michel Gondry, Ron Rege Jr.), ella se ve obligada a llevar ese espejo de la realidad, a mostrar al mundo lo que sucede, de qué hablan dos artistas en pareja, cómo pasan el tiempo de ocio.

En la mayoría de las ocasiones, ellos son más conocidos y exitosos que ella, lo que refleja la tiranía del patriarcado y cómo el mundo del cómic aún pretende ser varonil. Después está eso de que ellos –con su bandera de la paz al viento– valoren su trabajo y se preocupen por visualizarlo al tiempo que le aconsejan cómo mejorarlo a riesgo de subestimar el criterio de la artista. “Creo que ese periodista soñaba con entrevistar a Michel, yo le traía sin cuidado. No me importa. Estaba ocupada mirando el caramelo con el envoltorio más bonito del cuenco”. Como siempre, mirar y recuperar esa mirada para el lector del cómic es el objetivo de la americana, lo que confiere a sus anécdotas una mayor trascendencia. Me interesa mucho cómo una actividad a primera vista inofensiva (mirar), se convierte en su arma protesta. Primero es reflexiva y después defiende ese punto de vista desde el que se construye una realidad. ¡Cuidado! Solo está mirando. Solo esta mirando, pero documenta su viaje a Japón, a Francia, su vida en California, la soledad, los abrazos, las amistades, los libros, etc. Y sobre la soledad, la vida, el ánimo y el contexto tiene mucho que decir. Unas veces la vida se presenta ocupada de eventos y a veces vacía, malgastada y sin futuro. Son paradojas difíciles de comprender tanto para la observadora como para sus lectores. “No soporto estar sola pero tampoco la compañía”. “Sé lo que es estar sola en un sitio extraño cuando todo el mundo está ocupado.”

Uno de los grandes problemas a batir en toda su obra es el del dinero porque como indica, “el capitalismo llega a todas partes”. La constante obsesión de la artista por conseguir ser solvente es muy evidente y es que el mundo del autor historietista es muy precario. A sus comienzos se trataba de vender a precio muy bajo copias de fanzines y pequeñas publicaciones en ferias de cómic, pero sorprende ver a Bell utilizar este recurso en mitad de su carrera sin a penas una chapa que indique su nombre profesional y “okupando” las mesas de firmas de otros autores durante su ausencia.

Muchas de las ansiedades reflejadas en sus capítulos vienen de la incapacidad de ser feliz reconocida como una frustración laboral y profesional que deviene en problema económico, no cabe duda, pero también en un malestar social que la artista –acostumbrada a trabajar en casa– desarrolla en una especie de sociopatía que le impide estrechar lazos demasiado estrechos con los demás. De hecho se percibe una separación constante entre el individuo y los demás. Ese elenco de personajes con los que la vida nos ha encontrado. “Me tocó firmar junto a Jillian Tamaki.” Al mismo tiempo se revela la confianza que la artista deposita en el yoga, a nivel físico y psíquico o a cómo seguir los principios de Epicuro en ese afán existencialista que se respira en sus viñetas. “Tenemos la sensación de que, como nadie puede verlos, los pensamientos no tienen consecuencias, pero no es cierto.” Es entonces cuando pienso que Bell quizá utilice su cuaderno de apuntes y el cómic en general como un sistema de autoayuda, un diván psicoanalítico en el que la idea de que tu vida sea comprendida y aceptada por los demás sea la máxima. Y claro, el reto no es minúsculo, especialmente si tenemos en cuenta lo duro que será para la artista destacar y cuando lo hace, lo tentador que es usarlo en beneficio de causas como el feminismo radical o el decadentismo que si en el arte es la expresión de rebeldía en contra de lo académico, en las historias de Gabrielle Bell puede tomarse como un contra-el-mundo para construir otro mundo –el mío– tal y como lee en la ejemplar novela de Joris-Karl Huysmans (À Rebours).

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