Cómic y Novela Gráfica

Recuperar los símbolos :: “Cuéntalo” de Laurie Halse Anderson y Emily Carroll



“Mientras cuenta

la historia,

se encuentra en el centro de la misma”

–Natasha Trethewey, “Duty”, Monument: Poems New and Selected (2018) T. de la A.

Portada de “Cuéntalo” (2018)

Uno empieza la lectura de este cómic preguntándose qué es aquello que hay que contar. Una vez descubierto y alcanzada la última página, el simbolismo invade la narración y desencadena pensamientos acerca de la memoria y sus estados de virginidad y madurez, porque la memoria se parece a un ser vivo. Se parece a las raíces de un árbol. Igual que no puede sostenerse el tronco sin sus raíces, tampoco lo hace el presente sin su correspondiente pasado. El pasado que constituye la memoria de cada uno se transforma en el presente y lo sigue alimentando. El equívoco es orgánico y natural. Tanto que si las raíces de ese árbol se quedan secas, el tronco no será lo suficientemente firme y podría morir. Al tratar de huir del pasado, de ignorarlo; el pasado –las raíces– no hacen sino secar la piel, enmudecer el ánimo, incrustar mas y mas los labios el uno contra el otro, acostumbrar el ánimo a estar solo, a esconderse, a volver al nido huyendo del infierno. Aunque parezca extraviarse entre palabras, signos y símbolos, de manera un tanto paradójica, el pasado –sobretodo si hemos sufrido algo muy impactante o traumático– está muy presente.

El instituto “Merryweather” se ha vuelto un infierno para Melinda que el curso pasado disfrutaba de un estatus privilegiado en comparación con las vejaciones a las que se enfrenta en el nuevo. Todos los amigos perdidos se muestran ajenos a su presencia, la suerte no le acompaña y pasear sola o esconderse en el arte es la única terapia. Esa desconexión del pasado se ha producido por un motivo. Ella trata de sobrevivir ignorando ese algo que ha cambiado su modo de enfrentarse al mundo. La historia personal de Melinda es también la de Laurie Anderson –su autora– y la de tantas otras víctimas de estos ataques. El rasgo que lo diferencia de otros relatos, es que la víctima utiliza este episodio para ofrecer una alternativa terapéutica que deje de ahogarla y le ayude a recuperar su dignidad.

El suceso relatado en “Cuéntalo” (Ediciones LaCúpula), como durante esas sesiones psicoanalistas que utilizan el diván, nos coloca en la pubertad: ese período que inicia la época adolescente y que se describe siempre como un período de autoconocimiento bruto e imprudente que de la noche a la mañana nos pone frente a un espejo en el cual no nos reconocemos. A pesar de no hallar las respuestas a tantos cambios, tenemos que seguir yendo al instituto –un campo de batalla para soldados amateurs– y haciendo nuestras vidas, en cuyo universo se extreman los hechos que te catapultan a la fama o al olvido en menos de lo que canta un gallo. Melinda tiene que hacer frente al episodio ella sola, pues tarda en asimilar la verdad de lo ocurrido y reconocer, por tanto, a qué debe enfrentarse.

Cuantas mas cosas nos va contando su narradora –a quien relacionamos directamente con Laurie Halse Anderson, la autora–, mejor percibimos cuál es la causa de su tristeza. Primero deja a un lado la auto compasión, después anota el comportamiento absurdo de la gente a la que antes admiraba y por último se apoya en sus bastiones de fuerza (la escritora Maya Angelou por delante) para juzgar impropios e inválidos a los educadores (padres, profesores, etc) por no saber cómo prevenir circunstancias como la suya.

Así mismo, el relato se apoya en las ideas de la ilustradora Emily Carroll, quien recupera un simbolismo superlativo propio de esas narraciones en las que la autocensura o el cuidado por decirse, el miedo a revelar su verdad, se sustituyen por emblemas, alegorías o claves. En el lenguaje de sus cómics siempre hay elementos del terror, un siniestro evidente que se arma elementos significativos, como las ramas de los árboles, la bruma, el contraste de color para resultar mas efectivo. Hasta en las clases de “la pelos”, la profesora de literatura de la historia, se ahonda en la importancia de ese lenguaje simbólico que se utilizan en todas las artes, pero que caracterizó la literatura de Nathaniel Hawthorne (el autor de “La Letra Escarlata”). Si bien la actitud de Melinda por su profesora roza la antipatía, los lectores intuimos que existe una conexión entre el simbolismo de Hawthorne y el simbolismo que da cohesión al relato de Melinda.

El simbolismo es un ungüento, un almohadón de plumas para que cuando lo contemos no haga tanto ruido, ni sea tan dañino. No es sino hacia el final cuando conoces lo que de verdad ha ocurrido. El alivio de conocer la verdad, de reconocer en qué situación se encuentra la protagonista, no es sino un atisbo del alivio que le promete a esa voz en primera persona revivir la verdad para liberarse. La verdad es liberadora, dice el texto bíblico. El secreto es símbolo y a veces tenemos que descubrir lo que el simbolismo de nuestro relato quiere decirnos.

Página de “Cuéntalo” (2018)

Hay símbolos muy relevantes y acertados en el cómic, como los ojos. Los ojos, “eyes” en Inglés, suenan igual que “I’s” (los “yoes” en Inglés); es decir, las identidades del yo. El imaginario de la mirada juega un papel especial en este relato que sale a la luz de mano del campo visual que le aporta el cómic para recompensar a la memoria con una catarsis freudiana que logra expulsar al demonio de la escena, logrando vivir sin su agravio. Los ojos (o los yoes) toman la autoridad que les pertenecía y ven lo sucedido, porque contar desvía la mirada, subraya la existencia del yo que cree decir la verdad, pero dice su verdad –añade sentidos, imágenes, emociones– Los ojos van en pares, en dúo, cooperan como emisor y receptor en una conversación, entienden lo que ven del mismo modo porque al final son siervos del yo, y sin embargo, contarlo, decírselo el uno al otro –me refiero a emisor y receptor–, sobretodo si no hay voluntad de revivir algo, resulta dificultoso y traumático. No querer ver, como no querer contar, es una manera de esconderse en la vida, ignorando la fluidez de tus identidades o cómo has cambiado desde que sucediera.

En su caso el agresor no tiene ojos porque no tiene identidad, ni alma –palabra que sustituye a “humanidad” en la epistemología eclesiástica–. Es una bestia irracional y violenta cuya mirada hueca representa su incapacidad de ver al otro, de entenderle y respetarle. El psicópata no puede mirar a los demás en sentido filosófico. No los entiende, no los considera semejantes a él y es incapaz de sentir compasión o empatía.  Por eso los ojos huecos también aluden a lo que el psicoanálisis denomina “la mirada perturbadora” (troubling gaze); una mirada patológica que en lugar de construir ese algo o alguien a quien mira, lo deconstruye, lo despersonaliza para poder así manipularlo, doblegarlo. De ese patrón enfermizo están inundados los ojos del dios Saturno devorando a sus hijos en el cuadro de  Goya. De hecho, como dicen los versos de la canción “Goya Soda” de Christine and the Queens, “cuanto más observo su arte y su vil burla/ mas percibo mi glotonería trastornada” (The more I look at the art and it’s vile mockery/ The more it feels like I am insanely greedy) La mirada se hace terrible en cuanto se hace enfermiza. Aquello que dirige su mirada no es el sujeto o el objeto sino el objetivo, parafraseando a Szymborska, “si no, ¡mirarle!” (del poema “Sto pociech”).

Otros símbolos, aparte del árbol y los ojos, son los conejos. Cada vez que Melinda siente miedo, aparece representada como una liebre en estampida, un conejito inofensivo que vive huyendo del depredador. El símbolo del corazón roto referido a la amistad de las dos chicas es muy efectivo o cómo los profesores o tutores se convierten en zombies, impasibles a los asuntos de la vida y más en contacto con historias del pasado e ideas retrógradas.

También toman importancia otros aspectos artísticos referidos a la representación, como el estilo de Picasso. La autora y su historietista tratan de hacer visible lo importante de la búsqueda de una verdad a través de la representación artística: proceso durante el cual llevamos a cuestas una mochila de símbolos cargada con objetos que describen algo de nuestra frágil existencia. El símbolo está en relación con el pasado y el primero puede sustituir al primero, pero matarlos es imposible.

Bajo el hashtag #cuéntalo, millones de mujeres han contado sus historias de abusos o violencia sexual a raíz del suceso de La Manada. Es inevitable que este cómic nos recuerde a aquellos días en que salimos a la calle para defender los derechos de una más de esas víctimas de la violencia y el autoritarismo extremo del patriarcado que no tienen la justicia que merecen.

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