Cómic y Novela Gráfica

La memoria hecha añicos :: “Cénit” de María Medem.


Portada de Cénit

Cénit (Apa Apa Cómics, 2018) ha llegado a su segunda edición justo un año después de su publicación. El primer cómic largo de la autora María Medem supuso la confirmación de su ascenso a ese firmamento plagado de talentos que es el cómic español contemporáneo. Galardonada con el premio a autora revelación en las convocatorias del Cómic de Barcelona y ACDCómic de la Crítica, la sevillana no para de trabajar en fanzines, como su último título Tregua y en publicaciones internacionales, incluso en un clip animado para el dúo de rock estadounidense Hovvdy. También hace poco la editorial francesa que la edita, Studio Fidele, ha publicado su segundo título, Échos, una riso muda en la que despliega ese poder visual que le caracteriza.

Cénit es un relato sobre la fragilidad de la salud mental y sobre cómo esta nos impide reconocer entre los estados del sueño o la vigilia, así como inventariar la realidad o reconocer al otro y aceptar su propia visión de la realidad. Todos estos aspectos influyen en la definición del enfermo y, por supuesto, su visión está íntimamente ligada a su identidad, la cual se encuentra en plena crisis, a la espera de obtener una respuesta a sus interrogantes descifrando la verdad en los ojos del otro y en los pocos indicios de memoria que le quedan.

Uno de los dos personajes de esta parábola humana en forma de cómic tiene un déficit de memoria, vemos que le cuesta recuperar los datos de lo que ha sucedido la noche o el día anterior. Cuando el sol está en la parte más alta, en el cénit, y las dos mitades del día quedan troceadas como las dos porciones de una tarta, dos amigos se encuentran para almorzar y poner en común cuántas piezas de cerámica han creado y cuánto les queda por crear antes de finalizar la jornada y sus sueños. En el relato de su monótona existencia vemos que hay espacios en blanco, dudas, cuestiones cuya lógica no es unánime, pero que deben resolverse con cierta urgencia pues ponen en peligro el propósito de uno de ellos, que encuentra todas las mañanas su obra destruida.

Viñeta de Cénit

El argumento de esta historieta de María Medem trajo a mi memoria la película de suspense Memento de Christopher Nolan (2000), con guión propio, en la que el personaje principal sufre de una amnesia anterógrada por culpa de la cual su cerebro, pasado un lapso de tiempo determinado, resetea toda su memoria a corto plazo. En el caso de la película, el enfermo sólo confía en sus anotaciones en papel, sus polaroid y sus tatuajes; en el cómic de María Medem, el uno confía en el otro y le pone sus incertidumbres sobre la mesa para resolverlas como piezas de un jarrón quebrado. Esta es, de hecho, una de las grandes metáforas de la historia: la pieza de cerámica hecha añicos es el pasado y la memoria consiste en volverla a construir, repararla uniendo todos los trozos para recuperar la pieza original o al menos una muy parecida. Sin embargo, ¿es la misma? ¿la pieza recuperada es lo mismo que la pieza original? ¿Qué diferencia la una de la otra? Quizá mantener que una y otra pieza son la misma equivale a decir también que un personaje y otro son el mismo, y aunque muchas veces se plantee este equívoco, podemos percibir sus diferencias.

Sumado al valor estético y formal de este título, nos encontramos ante una obra alegórica, cargada de esa vena surrealista tan llena de vacíos como de una aparente simplicidad gráfica que a la vez tiende a llenarse de respuestas y que pone en conversación elementos aislados obligándonos a observar con detenimiento. Su poder simbólico y la sugerente propuesta de color lo acercan a la poesía, en cambio su complejidad narrativa recuerda a las novellas de Herman Melville, sobre todo a Bartleby el Escribiente (1853), con el consabido tono cansado y nihilista propio del desequilibrio mental de seres que continúa viviendo en sociedad tan sólo porque no sabe a qué otro sitio podrá marcharse. Medem ha sabido colocar a sus personajes en el epicentro de su historia. Sus miradas y el rastro que dejan a su paso son la materia del cuento o, como dice José Antonio Gurpegui (2006) acerca del autor neoyorkino, tienen la sobrecogedora capacidad para armonizar situación y personaje hasta el punto en que es difícil distinguir al uno del otro, poniendo como ejemplo la danza, en la cual el bailarín se difumina en el baile; o el ocaso, cuando el sol se extiende en el horizonte como si fuera una plaga de luz que ha estallado de repente.

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